lunes, 21 de junio de 2010
domingo, 30 de mayo de 2010
La Historia de Lisey (Stephen King)
Es “La Historia de Lisey” uno de esos libros sin duda extraños del Maestro del Terror. La propia portada ya parece aventurarlo, sobre todo tras las solapas. Uno a estas alturas ya no se fía de las sinopsis digamos “oficiales”, pero en este caso sí hay algo que comparto: Ésta es sin duda la novela más íntima, más personal de King, al menos de entre todas las que servidor ha devorado.
Scott Landon era uno de los escritores más renombrados del panorama editorial hasta su muerte. Con ella, deja sola a su esposa, Lisey, que ahora, algunos años después de su muerte, afronta la tediosa y sobre todo difícil labor de poner cierto orden en el despacho de su difunto marido. Antiguos libros, manuscritos, revistas… y sobre todo relatos y novelas inéditas de Scott Landon se agolpan en el despacho. Y no tardan en atraer la atención de algunos editores interesados, capaces de llegar hasta ellos sea cual sea el precio a pagar.
Pero todos estos legajos atraen algo más: recuerdos. Todos los recuerdos que Lisey había conseguido ir enterrando con el paso del tiempo y que regresan ahora. Y lo hacen para transportarla hacia la traumática vida de Scott. Hacia sus miedos, sus obsesiones y hacia el extraño mundo de Boo´ya Moon en el que siempre se ha refugiado. Sólo si Lisey es capaz de acceder a él, llegará a la parte que aún desconoce del truculento pasado de su esposo.
Es esta una historia compleja, siguiendo la tendencia de las más recientes de King. Íntima, porque explora terrores personales en relación con los recuerdos, con el amor, la soledad, la locura…
Esa locura en la que King parece ir sumiendo a los personajes a medida que transcurre la trama. Como si fuesen marionetas transportadas, capítulo tras capítulo, hasta el terreno en que este autor se mueve como pez en el agua.
Sin duda, y pese a los terrores y el ambiente subversivo que en ocasiones presenta, ésta es una historia hermosa. Es algo a lo que King no nos tiene demasiado acostumbrados. No obstante, incluso en una novela bonita, demuestra pese a todo no olvidar nunca la parte más cruda de cualquier historia.
Pero por supuesto, la de Lisey no es cualquier historia.
martes, 25 de mayo de 2010
Paleta y muerte (Parte 3/3)
-7-
·······- Ayer saliste muy pronto a trabajar, ¿no? – Observó Ruth mientras devoraba un seco croissant que dificultaba notoriamente su capacidad de pronunciación. Pablo no pudo evitar sonreír, no por la propia pregunta, sino por el simple hecho de que su hija hubiese mostrado interés por entablar una conversación con él. No recordaba la última vez que lo había hecho, y pensó que quizás, después de todo, aquella mierda de la secta también tuviese su lado positivo si le servía para acercarse a su hija.
·······- Ayer teníamos muchos mendigos que apalear. Nos vimos un poco desbordados. – Replicó sin disimular una mueca triunfal, y Ruth se atragantó con la leche.
·······- Supongo que no soy la única que tiene que madrugar en esta ciudad para hacer algo que no le gusta.
·······- ¿No te gustan las clases?
·······- ¡Venga, joder! ¿A quién le gusta ir a clase? Me quedaría todo el día pintando en vez de ir. ¿A ti te gustaba ir cuando eras joven?
·······- No. Supongo que no… - Reconoció él.
·······- Pues yo soy rara pero no tanto.
·······- ¿Y cómo va lo de la pintura? – Preguntó él, sintiendo que era la pregunta que había querido hacer desde que se habían dado los buenos días. Ella levantó la mirada de la taza de leche y clavó los ojos en los de su padre. Pablo reconoció aquella mirada, aunque fue fugaz. Era de sorpresa, pese a que Ruth tardó apenas un segundo en disfrazarla de escepticismo.
·······- Últimamente te interesas mucho por mi pintura. ¿Pretendes vivir del talento de tu hija o algo así?
·······- No. Es que lo de comentar lo magnífico que está hoy el tiempo ya se me hace repetitivo.
·······- ¡Vete a la mierda! He empezado otro nuevo ayer por la tarde. No está muy avanzado, pero si quieres puedes echarle un vistazo.
·······- Estaré encantado. Antes de irme. A ver si me inspira un poco.
·······- Pensé que comer donuts no necesitaba mucha inspiración. ¿Te preocupa algo?
·······- ¿Desde cuándo te interesas tú por mi trabajo? – Comentó él, divertido.
·······- Algo había que preguntar. Todavía me queda medio croissant, y los silencios por la mañana me deprimen.
·······- Bueno, hay cierto caso que nos trae un poco de cabeza en comisaría… - Admitió Pedro. Por supuesto, nunca le había mencionado a Ruth nada acerca de él, ni de su relación con lo que ella pintaba. Tampoco en aquella ocasión pensaba hacerlo.
·······- Tranquilo, Sherlock Holmes, tú siempre lo resuelves todo. Menos los sudokus en nivel fácil, claro. Por cierto, suena tu móvil.
miércoles, 19 de mayo de 2010
Paleta y muerte (Parte 2/3)
-4-
·······- No puede estar hablando en serio, comisario. – La voz del inspector Amador Sánchez al otro lado de la línea había adquirido un tono de incredulidad que llegó a molestar a Pablo.
·······- Completamente. Lo he comprobado.
·······- Pero puede tratarse de una coincidencia.
·······- Me parece excesiva casualidad. Te aseguro que lo he comprobado, Sánchez. ¿Estás seguro de que encontramos el cuerpo el martes?
·······- Por completo. Yo mismo levanté acta, lo recuerdo.
·······- Pues, justo el día anterior, mi hija hizo un dibujo de esa puta fábrica. Justo de la zona en la que encontramos a esa chica muerta. Si es una casualidad es muy inoportuna.
·······- Desde luego. – Convino su compañero. – Pero, ¿le ha preguntado usted por qué decidió dibujar justo esa zona? Es simplemente una fábrica abandonada, ni siquiera hay árboles, no hay nada que pueda llamar la atención.
·······- Dice que no puede explicar por qué pinta lo que pinta. Parece que las imágenes le llegan casi como por arte de magia y ella simplemente las plasma. ¿Crees que puede ser?
·······- Francamente, lo dudo, comisario. Creo que simplemente es una casualidad, no deberíamos darle mayor importancia.
·······- Espero que tengas razón. Es como si mi hija recibiese una información que no sabe interpretar, quién sabe de quién o de dónde.
·······- ¿De verdad cree usted en esas cosas?
·······- No hasta ayer. Pero, Sánchez, no sabes lo que es llegar a casa y ver que tu hija ha dibujado justo la zona en la que has estado hace sólo unas horas examinando un cadáver. ¡Justo esa puta zona!
·······- Relájese, comisario. Este caso nos está desquiciando a todos, pero tenemos que mantener la calma.
·······- Después te veo, Sánchez. – Se despidió Pablo, y colgó.
martes, 11 de mayo de 2010
Paleta y muerte (Parte 1/3)
-1-
·······- ¿No crees que deberíamos animarla a salir un poco más? – Comentó Pablo, mientras comenzaban a degustar el postre. Ruth ya había terminado de comer y, como siempre, se había levantado y había regresado a su habitación. A veces cerraba la puerta tras de sí, pero aquel día la mantenía abierta, por lo que podían observarla desde la cocina. Marisa levantó la cabeza. Sin duda, la observación de Pablo la había sorprendido.
·······- ¿Y eso a qué viene ahora? Ruth es así. Lleva así desde pequeña.
·······- Sí, pero, no sé… Me duele verla y pensar en lo que pueda llegar a convertirse.
·······- Puede convertirse en una gran artista. Ya ves que se pasa el día pintando. ¿Has visto lo que pinta? – Preguntó Marisa, con un extraño refulgir en su mirada. Pablo sintió una punzada de culpabilidad.
·······- No… Pero, me refiero a que me duele verla tan sola, tan callada. Ya sabes, tan metida en su mundo. ¿A ti no te pasa?
·······- Posiblemente, en su momento. Pero me he acostumbrado.
·······- ¿Y eso cómo se hace?
·······- Para empezar, pasando un poco de tiempo en casa, con ella. Interesándote por lo que le interesa.
·······- Me cuesta saber lo que le interesa si está así conmigo. – Reconoció él, mientras removía su postre helado para que se deshiciese.
·······- Sí señor, estás hecho un padrazo. – Ironizó ella. – ¿Alguna vez has leído algo acerca de algún genio? No sé… Einstein, Lovecraft, por ejemplo.
·······- No.
·······- Se dice que también eran personas introspectivas, muy cerradas, sin apenas amigos. Gente demasiado dedicada a lo que dominaban. Ruth es igual. Sale cada cierto tiempo con sus amigos, para desconectar, pero la pintura es su vida. Y deberías apoyarle y darle fuerzas. Hoy en día no hay mucha gente que tenga claro qué quiere hacer de su vida. Y ella lo tiene.
·······- Es que no creo que vaya a llegar a ninguna parte pintando.
·······- Ese es tu problema. Tu hija se vuelca en algo hasta obsesionarse, y tú ni siquiera eres capaz de confiar en ella. – Apuntó Marisa mientras se levantaba de la mesa, se aproximaba al fregadero, y depositaba allí su plato sucio. Pablo permaneció en silencio unos minutos, pensando, y finalmente agarró su chaqueta y se dispuso a salir de casa rumbo a comisaría.
martes, 4 de mayo de 2010
Un imán de nevera para un relato
Curioso mundo el de los microrrelatos. He de recocer que nunca le había prestado una atención especial hasta esta mañana, que he recibido uno en un formato tan extraño y doméstico como un imán de nevera.
Ha sido el obsequio con que los almacenes FNAC encabezaban cada uno de sus pedidos realizados el pasado 23 de abril, día del libro. Se titula “De nuevo” y reza: “En cuanto acaba el libro y lo cierra ya lo ha olvidado por completo. De modo que observa un instante la cubierta, con curiosidad, y acto seguido busca la primera página y empieza a leerlo.”
Y es que esto de los microrrelatos debe tener su ciencia. No ha de ser fácil construir dos o tres frases para resumir al máximo una historia, o cualquier idea. Hasta ahora nunca les había logrado hallar el atractivo, porque quizá nunca me había parado a buscar la otra historia, lo que esas escasas líneas insinúan, pero no citan.
Quim Monzó, autor de “De nuevo”, explicó en su día esa “segunda historia”. Según comenta, su relato nació observando a su madre, que sufría de una enfermedad similar al Alzheimer. En más de una ocasión, tras terminar un libro, ella se quedaba como hechizada por su portada y, segundos después, buscaba de nuevo la primera página con voracidad, tal como se narra en el relato.
Siempre se ha utilizado mucho esa expresión, “leer entre líneas”. El problema es que en este caso hay pocas líneas en que escudriñar. Sin embargo, esa historia desconocida, como suele ocurrir en esto de la literatura es, si cabe, más fascinante que la que comprende el propio relato.
martes, 13 de abril de 2010
Un truculento pasado antes del éxito
Juliet Marion Hulme llegó al mundo un 28 de octubre de finales de la década de los 30. Nació en el coqueto barrio de Blackheath, al sudeste de Londres.
Era aquella sin duda una época socialmente convulsa. Seguramente esto incidió en cierto modo en que su infancia distase bastante de ser un período feliz de su vida. Pero hubo otros factores más importantes. En primer lugar, sus padres se vieron inmersos en un complicado proceso de divorcio cuando Juliet apenas había superado la pubertad. Además, previamente, siendo tan sólo una niña, los médicos le habían dado una de las peores noticias posibles: Juliet padecía de tuberculosis. Y, por aquella época, aquél solía ser un mal caprichoso, que parecía escapar a cualquier control médico que sobre él quisiera ejercerse.
Juliet Marion Hulme se convertiría, ya en su edad adulta, en Anne Perry, a buen seguro bien conocida por cualquier interesado en la novela negra al más puro estilo Agatha Christie. Escritora con vocación más bien tardía, ha escrito hasta el momento más de 50 novelas. Casi todas ellas resultan de corte policíaco o detectivesco. También pueden encontrarse varias antologías de relatos de esta autora de temática similar.
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martes, 6 de abril de 2010
"Un final perfecto"
Javier apagó su ordenador portátil, cerró sus ojos marrones, y se los restregó con los dedos. Desconectó también la pequeña y solitaria bombilla que iluminaba la mesa de estudio en la que llevaba horas instalado. Así, parte de su cuarto se vio iluminado sólo por los pequeños hilos que la luna llena lograba colar a través de la ventana. Había sido una noche tormentosa: el ulular del viento había acompañado a Javier durante cada uno de los párrafos que había estado escribiendo, y la lluvia no había cesado de azotar los cristales.
Pero al fin, tanto tiempo frente a la pantalla le había reportado su recompensa: había concluido aquel maldito capítulo en el que llevaba días trabajando. Sería el penúltimo de su novela. Tenía que reconocer que, desde un primer momento, aquel proyecto había sido diferente a cualquier cosa. Y, si alguna vez se había visto sumido en la desesperación, había sido durante aquellos días. Ahora, era agradable comprobar el resultado.
Javier era un joven de diecinueve años, reservado y extraño para quienes sólo le conocían de vista. Se había graduado el verano pasado y había estado trabajando hasta bien entrado el invierno. Pero, casi desde que era un niño, su pasión había sido escribir, y la lectura. En esos menesteres ocupaba gran parte de su tiempo libre. Ahora estaba desempleado y disponía de bastante, por eso se había decidido a arrancarse con la novela. Sabía que ninguna editorial le haría caso, por eso publicaba cada lunes un nuevo capítulo en una página web especializada. No conseguiría un beneficio económico, pero disponía de algunos lectores fieles.
Satisfecho, dejó entreabierta la ventana, como cada noche tras el invierno, y se metió en la cama. El frescor de las sábanas era agradable al tacto para su cuerpo, ligeramente sudoroso. Antes de cerrar los ojos, torció su rostro para observar los dígitos brillantes del despertador. Eran las cinco y dos minutos de la madrugada, y Javier se dispuso a dormirse. Aquella noche soñó de nuevo con Rebeca.
A la mañana siguiente, pese a haber trasnochado, se despertó muy temprano, quizás a causa simplemente del frío. Permaneció unos momentos con los ojos cerrados, reticente a abandonar el lecho, tratando de volver a dormirse. Fue incapaz, así que finalmente se puso en pie, cerró la ventana y entró en el baño a asearse. Por último, agarró su portátil y se dirigió a la cocina dispuesto a servirse un copioso desayuno. Estaba hambriento.
El olor le advirtió que las dos tostadas que había depositado en la sartén ya estaban hechas. Javier vivía solo en aquella casa de dos plantas, al más puro estilo indiano, en el corazón de la cuenca minera asturiana. Allí había decidido realizar las prácticas obligatorias de su especialidad, para alejarse del mundo en que vivía y tratar de empezar de nuevo. Tras finalizar sus prácticas, la propia empresa le había ofrecido un contrato en toda regla, que él había aceptado sin dudar. Todo con tal de no regresar al mundo en que había crecido. Ahora que el contrato había expirado, Javier se aferraba a sus posibilidades de quedarse. Pero cada vez era más difícil justificarse. El alquiler de la vivienda era elevado y eran sus padres los que lo soportaban. Le instaban constantemente a regresar. Pero Javier se negaba a ello. No quería volver porque, en parte, odiaba ya su pasado al contrastarlo con el presente. Muchas veces incluso se convencía de que odiaba a su familia. Era consciente de que les debía todo lo que era, pero era incapaz de mantener la típica relación afectuosa padre-hijo con ellos. Nunca habían sabido comprenderle.
Así que había vivido sólo en aquel viejo caserón. Bueno, en realidad, también estaba Rebeca, pero su relación se había ido a pique hacía algunas semanas. Se habían conocido en la empresa y había sido casi un flechazo. Durante meses Javier había creído firmemente que todo saldría bien en aquella ocasión, que pasaría el resto de su vida a su lado. Pero había terminado por darse cuenta de que se sentía mejor solo, sin ataduras, sin tributos a pagar. No estaba hecho para estar con nadie, por mucho que hubiese intentado convencerse de lo contrario, y por mucho que Rebeca le hubiese tratado mejor que nadie antes. Aunque visiblemente ella intentaba pasar página, Javier sabía que le había hecho mucho daño.
Un olor más acre e intenso le hizo abandonar súbitamente sus pensamientos. Las tostadas se habían quemado. Blasfemó en alto y las arrojó en la papelera, disponiéndose a preparar dos más. Después, regresó junto a la pantalla del portátil y abrió la página web en la que colaboraba para leer las últimas valoraciones de sus lectores hacia su historia. Por lo general, eran buenas. Algunos destacaban la tridimensionalidad de los dos personajes, otros la crudeza e intensidad de la trama, y muchos coincidían en la habilidad de Javier para dotar lo relatado de un importante matiz de realidad. La novela trataba de un hombre, Dave Coney, que mantenía prisionera en un refugio forestal semiabandonado a su ex-pareja, Rebeca. Un buen amigo no había pasado por alto la coincidencia y, tras leer los primeros capítulos, le había comentado a Javier que darle a un personaje de su novela el nombre de Rebeca era en parte como resistirse a asumir su marcha. Lo que equivalía a reconocer tácitamente que se había equivocado al romper con ella. Javier, simplemente, había escuchado aquella teoría esbozando una sonrisa sardónica.
Apurando las tostadas, Javier comenzó a pensar de nuevo en Rebeca. Pero no en la Rebeca a la que un día había besado, sino en la Rebeca de su relato. Le gustaba imaginar giros argumentales, varias posibilidades para plasmar en su relato antes de ponerse a escribir. Le gustaba imaginar las escenas, dejar que se desarrollasen en su cabeza, para después optar por la mejor e incluirla en su historia. Así, al fin y al cabo, se escribía. Saber trenzar frases estaba muy bien, pero era aún más importante tener una esencia para combinar palabras. Él, siempre que se situaba frente al teclado, procuraba tener una bastante sólida. No obstante, los finales eran siempre lo más complicado, siempre cabían retoques y modificaciones. Y tenían que ser buenos.
Mientras subía a la web el penúltimo capítulo, el que había concluido la noche pasada, sonó el teléfono. Javier se levantó para atender la llamada. Era Daniel, su amigo y su mejor crítico literario, que le citaba para tomar una copa aquella noche. Pese a ser lunes, accedió. Su madre también llamó más tarde, para informarle a grandes rasgos de que dejarían de pagar el alquiler. Él replicó que habían vuelto a contratarle en la empresa y que, con su sueldo, pagaría el alquiler en caso de que unos padres pretendiesen dejar a su propio hijo en la calle. Por supuesto, no era cierto, pero Javier pensó que aquello calmaría los ánimos por una temporada. Salió a correr por la cuidad, como acostumbraba a hacer durante la mañana, y por la tarde hizo la compra y algunas labores domésticas sin demasiada importancia.
El resto de la semana transcurrió con normalidad y la rutina propias de un escritor desorientado en su propio argumento.
Eso fue hasta el sábado. Aquella noche salió hasta altas horas, como tenía por costumbre. Mientras conducía de vuelta a casa, ya se sentía ese extraño estado de excitación que una súbita inspiración trae consigo. No era posible expresarlo con palabras. El desenlace iba tomando forma a cada curva, cada vez con una certeza más potente. Javier pisó el acelerador. Ansiaba llegar a casa y ponerle la guinda a aquello en lo que había estado trabajando en los últimos meses.
Una vez en casa, Javier se quitó su gruesa chaqueta, la colgó en el perchero, y se dirigió a la cocina. Allí, se sirvió un vaso de agua del grifo mientras se descalzaba. Se desvistió y se puso el pijama para sentirse más cómodo en casa. Su ropa yacía, como siempre, desparramada por su cuarto. Tendría que ordenarlo todo a la mañana siguiente. Entró al baño, se cepilló los dientes, y se lavó la cara. Después, puso rumbo al sótano.
Las bisagras de la pequeña puerta que comunicaba la cocina de la casa con el sótano emitieron su particular quejido de óxido. La puerta se abrió con lentitud. El joven presionó el interruptor de la luz y comenzó a descender a través de los pequeños escalones de madera carcomida. Notaba punzadas gélidas en sus pies a cada paso. Caminaba descalzo, había olvidado las zapatillas arriba. Cada una de sus pisadas reverberaba en la amplia estancia del sótano de modo peculiar, adaptándose a la acústica de estos lugares como un pie húmedo a un calcetín. Una única bombilla, enclavada en una suerte de lámpara con forma cónica y de color rojo, servía como iluminación. Despedía una luminosidad no demasiado intensa, pero lo suficiente como para permitir distinguir a simple vista las numerosas partículas de polvo en suspensión que flotaban en el aire.
Rebeca le miraba desde el centro de la estancia, con aquellos ojos suyos tan claros. Parecía agotada. Sus cabellos morenos, humedecidos por el sudor, se acumulaban en torno a su frente. Se antojaban casi adheridos a ella. Su tez se había palidecido hasta adquirir un tono blanco casi macilento, y unas rugosas bolsas negruzcas se habían generado bajo sus ojos. Como una mala sombra. Un arcaico pedazo de cinta americana silenciaba todas sus palabras, y buena parte de sus lamentos. Por un momento, Javier meditó el hecho de permitirle expresarse, pero lo rechazó con rapidez. Seguro que todo sería mucho más difícil al escuchar su voz.
Pese al método casero de mordaza, Javier percibió claramente los gritos de Rebeca mientras se dirigía a una mesa próxima y se hacía con el cuchillo que descansaba sobre ella. Las miradas de los dos se cruzaron mientras Javier se aproximaba a la silla en la que su ex – pareja permanecía inmovilizada. Reparó en que la mirada de Rebeca había cambiado por completo: Previamente, mostraba un aspecto vacilante, suplicante. Ahora sus ojos, desmesuradamente abiertos, irradiaban puro terror. Gruesas lágrimas se precipitaron por su rostro al notar cómo el frío filo comenzaba a acariciar su cuello. La chica respiraba frenéticamente y luchaba por liberarse de sus ataduras, efectuando violentos movimientos.
- Si sigues moviéndote, esto será mucho más difícil. – Aseveró él, sin albergar demasiadas esperanzas de persuadirla. Pero, extrañamente, Rebeca le hizo caso. – No te preocupes, todos estos días aquí abajo se acabaron. Se acabó todo. Te he hecho mucho más daño del que mereces. – Continuó él, pero el inminente llanto comenzaba también a hacer mella en la firmeza de su voz. – Lo he pensado mucho y creo que lo único que puedo hacer para compensarte es evitarte cualquier daño futuro que puedan hacerte. Supongo que te dolerá un poco al principio… Ojalá puedas perdonarme por esto algún día.
Rasgar el tejido humano resultaba mucho más parecido a cortar una manzana que lo que Javier había supuesto. Tardó un poco más de lo esperado, pero al fin consiguió un corte profundo en el cuello. La sangre comenzaba a surgir a borbotones, mezclándose con el sudor, y dando lugar a una macabra mezcla de un tono rojizo claro. Rebeca había comenzado a agitarse de nuevo, y mantenía sus ojos cerrados mientras continuaba esforzándose por que alguien comprendiese sus palabras, y gritaba descontroladamente. Javier realizó cortes algo más superficiales en sus brazos y muñecas, de los que comenzó también a manar abundante líquido vital. El cuchillo, teñido ya de rojo, temblaba en su diestra, y también él sollozaba hasta el punto de que las lágrimas llegaban a nublar su vista. Jamás había supuesto que aquello fuese tan complicado. Rebeca continuaba agitándose en la silla, ya por pura impotencia.
Algo indescriptible, que nunca había sentido, impulsó a Javier a ponerle el broche a su macabra obra: trazó dos nuevos cortes, lo suficientemente profundos, que partían desde la unión de los labios de Rebeca y atravesaban cada uno de sus pómulos. Como un mal recuerdo, llegó a su mente aquella sonrisa que tanto le gustaba. Pensó que en aquel momento había creado la más horrible, y desde ese momento procuró alejar su mirada de lo que quedaba del rostro de Rebeca. Se limitó a atravesar el pecho de ella con el filo, y a aguardar el último estertor. Hubieron de transcurrir aún unos minutos.
Una vez cesaron los gritos, el llanto y cualquier movimiento, Javier regresó a la planta superior. Sus manos y su pijama estaban prácticamente empapados en sangre, pero no se detuvo a limpiarse, ni se molestó en mudarse de ropa. En aquel momento sólo tenía una aspiración, y era comenzar a teclear de nuevo en su portátil. Porque, al fin y al cabo, ya lo tenía.
martes, 23 de marzo de 2010
Los rumbos de la vida
Cuando cae la noche, también cae la calma. Plomiza. A veces férrea. A veces demasiado. El cielo se tiñe de un negro perfecto y las aguas, siempre celosas, lo imitan. Sabes que siempre he mirado al horizonte. Aunque sé que es más adecuado mirar simplemente al frente y explorar las aguas más cercanas, tú sabes que siempre he tenido ojo y medio en esa mágica línea que lo divide todo: el cielo de lo que deja de serlo, y el presente de lo que queda por llegar.
Cuando cae la noche, y ya sin guía, es mucho más sensato detenerse y aguardar el amanecer. ¿Sabes? A mí hace poco que lo sensato o lo correcto me importan tanto como ese Dios en que algunos creen. Supongo que me he dado cuenta de que intentar hacer siempre lo mejor sirve de bien poco. Así que me concentraré en remar, que es lo que siempre he hecho. Ahora puede que no tenga un rumbo fijo, pero llegaré a alguna parte. Dos brazos reman menos que cuatro, y a veces podrás verme a merced de la corriente, pero paso a paso la tortuga adelantó a la liebre.Durante estos meses, quizá me acostumbré demasiado a tenerte frente a mí en esta barca. Al olor de tu piel y al roce de tus cabellos cuando alguna caprichosa racha de viento decidía hacerme ese regalo. He de reconocer que, si alguna vez en mi vida he llegado a descubrir un horizonte nítido, quizá hasta próximo, ha sido entonces, y contigo. Me sorprendió que decidieses cambiar de rumbo, aunque supongo que la vida no es más que una mera sucesión de cambios de rumbo. Posiblemente por eso, no muchos llegan a alguna parte. Me sorprendió tu cambio de rumbo y, con el paso de los días, me defraudó que te marchases. A veces este mar se antoja inmenso y, aunque de corazón soy incapaz de culparte, me dejaste remando solo cuando más falta me hacían tus fuerzas. Ahora, poco a poco, día tras día, voy remontando a trompicones la corriente.

Ojalá hayas optado por el mejor rumbo y nunca tengas que rectificarlo. Si has de hacerlo algún día, probablemente me encuentres. O quizás navegue ya demasiado lejos como para que puedas alcanzarme.
Nunca se sabe qué nos depararán nuestros rumbos mañana.
sábado, 13 de marzo de 2010
“Alguien especial”
·······Ahora que se encontraba a su lado, no era difícil darse cuenta de que, durante todos aquellos años, había estado buscando sin éxito alguien tan especial. Y se lo había imaginado de muchas formas. Cómo sería su rostro, el tacto de su piel, el color de sus ojos, el tono de su voz… No podía evitar que una media sonrisa se dibujase en sus labios ante una fantasía que ahora, hecha realidad, parecía tan absurda.
·······
·······Pero, sobre todo, recordaba haberse preguntado cientos de veces cómo sería el lugar por el que pasearían, ya de la mano, por vez primera. Quizás susurrándose palabras inaudibles salvo para ambos dos, tal como justamente hacían en ese momento.
sábado, 23 de enero de 2010
"Cerrar los ojos"
- Ante todo, Raúl, quiero pedirte que intentes estar tranquilo. – La voz femenina tenía el timbre y la calidez propicias para tranquilizarle, eso había que reconocerlo, pero en aquella situación no lo consiguieron, y Raúl pensó que no era extraño.
- Es complicado, ¿sabe? No todos los días intentan acusarle a uno de algo. – Espetó sin pensar demasiado en las consecuencias. Menos si es un policía, y menos si es de asesinato, pensó, pero ésta vez fue capaz de quedarse para sí sus palabras.
- Nadie te está acusando de nada, Raúl. Sólo tratamos de descartar hipótesis posibles. Por eso queremos que nos ayudes.
- Ya – Replicó sin demasiada convicción, y se arrellanó en el incómodo asiento.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Trick ´r Treat (2008)
·······Incluso el título parecía decirlo todo. Un film titulado “Truco o trato” y ambientado en la noche de Halloween. Parecía casi una burla a lo innovador, a lo original. O eso pensé antes de verla. Decidí hacerlo porque había leído demasiadas críticas positivas que llamaron mi atención. Y lo cierto es que, aún teniendo en cuenta estas valoraciones, me llevé una agradable sorpresa.
·
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