Hay personajes notables que merecen ser conocidos.
Existencias extraordinarias que bien valen ser comprimidas en unos cientos de
páginas. Por motivos y méritos diversos y de lo más variopintos. La sensación
con que he deslizado la última página de “La mujer a 1000 grados”, del islandés
Hallgrimur Helgason, es precisamente esa. La de haber sido testigo de un hilo
vital único en infinidad de sentidos.
