La figura del vampiro es una de esas imprescindibles,
emblemáticas y casi eternas cuando nos acercamos a la literatura de terror. No
faltan historias que exploren el personaje, cada una a su manera. Porque el
vampiro nunca es igual. Ha cambiado, ha evolucionado con el tiempo. Cada autor,
cada cultura y cada época ha entendido al vampiro a su manera, y en la
literatura tenemos un fiel reflejo de ello. Personalmente, siempre he sido más
del vampiro clásico: una figura que los nuevos tiempos han ido distorsionando
crecientemente.
En esa línea clásica va la
historia que hoy me he subido al Desván. E.T.A.
Hoffmann, una de las figuras destacadas del romanticismo alemán, nos dejaba
esta “Vampirismo” allá por 1821. Un relato corto cuyo protagonista
es el conde Hippolyt, que se nos presenta como un hombre dedicado a preservar y
reformar su corte, su castillo y todas las propiedades que ha heredado.