
[gigya width="550" height="400" src="http://files.bannersnack.net/app/swf/EmbedCanvas.swf?hash_id=b3df3a9bd056c64b538eef815b146725&bgcolor=141414" quality="high" wmode="tranparent" ]
········Hay lugares especiales, capaces de alterar una parte, a veces íntima, de nosotros mismos. Esta suerte de postulado tenía para mí la misma fuerza que cualquier aseveración científica, teórica pero nunca puesta personalmente en práctica. Cuando aquel atardecer observé el patio a través de la película de polvo que tornaba opacos los cristales de la ventana, todo cobró una nueva dimensión.
········
········Había sido un largo y tedioso viaje, y los preparativos habían resultado tan frenéticos que me había visto casi forzado a alojarme en aquella vieja pensión ante la alta ocupación que traía consigo el período estival. Acostumbrado a hoteles lujosos y confortables, el contraste era demasiado severo como para hacer gala siquiera de un ápice de buen humor. El propietario, un hombre que rondaría los 50 años, adusto y con un rostro anguloso, pareció mostrar cierto recelo ante mi traje de ralla diplomática, como no queriendo creerse que alguien como yo pudiese terminar en un antro como aquel. Apostaría incluso a que dada la situación aplicó una tarifa sensiblemente superior a la habitual, pero sumirme en una discusión era lo último que deseaba en aquel momento.